Carlos Murias, mártir


“Tenían miedo por la persecución”
Diario Página 12 – Sección El País - Por Alejandra Dandan

De las cosas del cura Carlos Murias quedó un reloj roto, el anillo del rosario. Una guitarra, una Biblia y esa cadenita con la que su hermana Cristina ayer se sentó a declarar. Cuando el obispo Enrique Angelelli dio la misa de cuerpo presente faltaban veinte días para que lo mataran también a él. Cristina había logrado llegar desde Córdoba con sus hermanas y su madre, que se quebró frente al cajón que estaba cerrado y no le dejaron ver el cuerpo para preservarla.
A Carlos le habían arrancado mechones de pelo y las huellas de sangre sembraron el camino del descampado donde lo arrojaron, al lado del cuerpo del cura francés Gabriel Longueville. “En la homilía, monseñor Angelelli nos da la pauta de todo”, dijo Cristina. “El lloraba muchísimo y desde el púlpito decía: ‘No nos interesan las siglas, ni los nombres; nos interesan quiénes planearon esto; quiénes fueron los instigadores; quiénes pueden desde la fe cometer estos crímenes; quiénes pueden invocar la fe para hacerlo: nosotros los perdonamos porque es de cristianos perdonar, pero esperamos que recapaciten’. No recapacitaron en 36 años”, se expidió Cristina. El Tribunal empezó la audiencia con las indagatorias. Luciano Benjamín Menéndez, de traje impecable con un manojo de hojas en la mano, se negó a declarar, aunque abundó sobre el riesgo que en su lógica corren las “instituciones de la República” (ver aparte). En un momento se quejó porque desde la calle oía el ruido de alguna música. “No podemos hacer nada, señor”, le explicó el presidente del Tribunal, Camilo Quiroga Uriburu. El represor que tuvo a cargo las ejecuciones del III Cuerpo del Ejército se puso chistoso: “Entonces –dijo– vamos a tener que seguirles el ritmo”.

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