OBISPO JORGE LOZANO: CUATRO PALABRAS COMO “AGUA”


           Jorge Eduardo Lozano (*) - La palabra “agua” suele tener pocas letras en diversos idiomas. En portugués: água; en inglés: water; francés: eau; alemán: wasser; turco: su; italiano: acqua; mapuche: co; guaraní: “y”; quichua: yaku. Fue una de las primeras palabras acuñadas por las diversas culturas. Era vital poder comunicar su ubicación para encontrar frutos, vegetales y animales. Desde el principio el agua y los alimentos estuvieron unidos en un abrazo fraterno. Por eso se dice “el agua se come”, porque fecunda la semilla del trigo y une la harina para el pan. Tierra, agua, aire, luz, Dios, fueron palabras primigenias. En la Biblia, en el libro del Génesis, encontramos estas palabras en sus primeros renglones. Entre las últimas pronunciadas por Jesús en la cruz antes de morir leemos: “tengo sed”. Así expresaba la cercanía de la muerte. La importancia del agua para la humanidad sigue intacta, igual que en aquel tiempo. Aunque manejamos diferentes diagnósticos y pronósticos.
 Tiempo Argentino – jueves 22 -  
            La falta de acceso al agua potable, a los alimentos, a una vida digna, van de la mano. Son expresiones de la pobreza. En el mundo son millones las personas que viven en zonas desérticas o a la vera de ríos contaminados. Para ellos “las aguas bajan turbias” o se desvían antes de llegar. Décadas volcando desperdicios de modo irresponsable o corrupto han oscurecido el lecho y la costa de montones de ríos en el mundo. El Riachuelo es el caso emblemático de descontrol y atropello muy cerca nuestro.
            Los pobres son los que más se perjudican. Ellos viven en zonas cercanas a los ríos degradados o tienen sus casillas construidas en terrenos con napas contaminadas por la basura enterrada sin tratamiento adecuado.
            Decimos “cuando el río suena, agua trae”. Y es hermoso sentarse frente a un arroyito de montaña y escuchar el sonido del agua golpeando entre las piedras o el ensordecedor bramido de las cataratas, o el suave murmullo de los ríos de la llanura.
Debemos también sentarnos delante del Riachuelo y escuchar su queja y su lamento en ritmo de tango en la vuelta de Rocha. La naturaleza nos habla y también aquí podemos aplicar aquello de “no hay peor sordo que el que no quiere oír”. La creación entera tiene un lenguaje, una gramática que es comprensible para quien preste atención.
            Todos somos responsables de lo que la naturaleza nos dice en soliloquio pero no en la misma proporción. Dejar una canilla abierta es una falta de conciencia. Pero lo acontecido durante décadas en las cuencas contaminadas es responsabilidad de empresarios inescrupulosos y funcionarios corruptos que pidieron o aceptaron coimas para dar vuelta la cara y lavarse las manos. Y no con agua precisamente.
            Nuestro país está bendecido por el agua aun cuando tengamos también extensos territorios de desierto. Debemos dar gracias a Dios por los glaciares y arroyos, por las aguas de superficie y las napas subterráneas, por los humedales y el Acuífero Guaraní. Debemos cuidar tanto las cataratas y el océano inmenso, como las humildes lagunas o los ríos de la Mesopotamia; el Delta y el río más ancho del mundo.
El miedo de las aguas 
             Hay aguas que están amenazadas. El saqueo de merluza y calamar, a fuerza de depredar otras especies, está provocando una seria alteración del ecosistema marítimo. Buques factoría —que bien podrían tener bandera pirata— operan en la ilegalidad eludiendo controles y dejando serias consecuencias en nuestro Mar Argentino.
            El cambio climático afecta de manera particular, provocando el drenaje y pérdida permanentes de las grandes reservas de agua dulce de la humanidad. Hay un proceso sostenido que derrite los hielos polares. Los glaciares situados en la cordillera de los Andes en todo su recorrido por América del Sur se han reducido prácticamente a la mitad en tres décadas. La sed de maximizar ganancias económicas hace que no se dé valor a los costos ambientales que tienen algunos emprendimientos.
            Para esta ocasión del Día Mundial del Agua se destaca como tema “Agua y Seguridad Alimentaria”. A su vez, en el marco del VI Forum Mundial del Agua que se realizó en Marsella, Francia, el papa Benedicto XVI pidió que: “(…) estas iniciativas contribuyan a garantizar para todos un acceso equitativo, seguro y adecuado al agua, promoviendo así los derechos a la vida a la nutrición de cada ser humano y un uso responsable y solidario de los bienes de la tierra, a beneficio de las generaciones presentes y futuras”.
            Para que el agua sea un derecho reconocido para todos, hace falta justicia y solidaridad con los pobres. Para que el agua sea también potable dentro de décadas es imperioso crecer en la conciencia de la justicia intergeneracional.
El hambre en el mundo no se debe tanto a la falta de alimentos como a su inequitativa e injusta distribución. Un 30% de alimentos son tirados diariamente a la basura en los países “desarrollados”, mientras millones de personas (en su mayoría niños) viven en la miseria y desnutrición. La parábola del evangelio del pobre Lázaro y el rico opulento se repite hoy con los alimentos y el agua. Buena parte de la solución al problema del hambre no está en sembrar más, sino en distribuir mejor los alimentos actualmente disponibles.
            Es necesario cultivar una actitud contemplativa ante la creación. Verla como casa de la familia humana, teniendo en cuenta el destino universal de los bienes. Debemos poner límites al derroche y la sobreexplotación de los bienes naturales. Es tiempo de frenar con firmeza la depredación. Los crecientes reclamos sociales por cuidar el agua, fuente de vida para comunidades que tienen su sustento cotidiano gracias a ella, muestran la preocupación de los pueblos por el presente y el futuro.
            Una lectura creyente de la realidad no quita valor a esta y tantas apreciaciones sobre el cuidado del planeta y sus recursos vitales. Al contrario. Einstein, Pascal, Galileo, Theilhard de Chardin fueron profundamente religiosos y rigurosos como científicos.
Debemos cuidar el agüita para los pobres.
Seamos capaces de besar el agua, que fecunda y da vida a la Madre Tierra.
Cuatro letras: “agua”. Otras cuatro: “vida”. Y otras cuatro: Amén.
(*) Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Argentina.

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